Historia de los vehículos de tracción draconiana

Los vehículos de tracción draconiana durante la Primera Edad

Aparte de por su vuelo, los dragones han sido explotados a lo largo de miles de años para tirar de cargas. Su tamaño no excesivamente grande frente a otros dinosaurios y, sobre todo, su inteligencia y mansedumbre les brindan una versatilidad funcional en las sociedades humanas sólo comparable con la de animales mamíferos.

Hacia el siglo III de la Primera Edad, las poblaciones de nuestra especie empleaban un tipo rudimentario de enganche utilizando dos pértigas a ambos lados del dragón, con las cuales arrastraba un arado tosco, mampuestos o algunas mercancías muy voluminosas.

Para entonces, en lugar de ruedas, los fardos se arrastraban directamente sobre la superficie. A pesar de sus limitaciones, funcionaban mejor en praderas lisas, colinas nevadas o barrizales que muchos de nuestros vehículos actuales más complejos y aparatosos.

Los primeros carruajes conocidos aparecieron en el siglo X de la Primera Edad, durante el apogeo de la dinastía Tedana. No tenían suspensión y estaban pensados para el transporte de uno o dos ocupantes dentro de los núcleos poblacionales. La inexistencia de caminos intercomarcales, unido a los amplios territorios cubiertos por dinosaurios peligrosos, hacía impensable que ningún humano libre se atreviera a viajar por tierra.

La corta duración de los trayectos y su vínculo con las calzadas urbanas propició, paradójicamente, una rápida evolución de los carros. Dado el aislamiento de buena parte de las poblaciones humanas, ni siquiera a los nobles les interesaba tanto cubrir amplias distancias a lomos de un dragón como pasearse entre los suyos para presumir de sus riquezas y ocio.

Hacia el siglo XIII de la Primera Edad, la expansión de las comunidades humanas situadas al este de supercontinente favoreció nuevos intentos de comunicar vías entre pasos abruptos o lindes de vaguadas en que podía vigilarse el movimiento de depredadores. En este contexto surgió el primer dracomóvil con muelles oblicuos bajo la carrocería para compensar la desigualdad de pesos e inclinaciones.

Estos vehículos, antecesores del ómnibus moderno, eran sumamente pesados. Ofrecían pocas comodidades a los pasajeros, cuando menos, para los dragones que tiraban de semejantes armatostes. Puesto que carecían de pescante y primaba la fuerza bruta para recorrer estas carreteras antes de vislumbrar peligros, se enganchaban hasta diez dragones; los cuales eran conducidos por postillones mientras se los obligaba a obedecer a través de crueles embocaduras y amarraduras alares que les impedían salir volando.

Para el siglo XVI de la Primera Edad, los carruajes habían evolucionado de un modo notable. La civilización linseana, ante las numerosas pérdidas económicas y las puntuales revueltas de esclavos draconianos por los tratos indignos, mostró una preocupación inicial por lograr que las diligencias fuesen seguras para humanos y no una completa tortura para sus bestias de tiro.

Las trampas anticarnívoros y la aplicación sistemática de venenos cerca de los caminos redujo la frecuencia de ataques por parte de dinosaurios predadores. Sin embargo, conforme el ser humano aplacaba a la naturaleza con cualquier medio a su alcance, también aumentó el número de forajidos que aprovechaban las confusiones con un posible carnotáurido para atracar. En conjunto, esto propició la utilización de materiales más resistentes y de unas cajas completas, con un techo exterior pensado para que se sentaran escoltas.

Hacia el final de la Primera Edad, los vehículos de tracción draconiana ya se habían convertido en el motor de la agricultura y de los transportes humanos de corta y media distancia. Se estima que solamente en Línseor había medio millón de dragones domados y seleccionados para fines no aéreos.

Los vehículos de tracción draconiana durante la Segunda Edad

Tras la caída de la dinastía Tedana y la inestabilidad general del supercontinente, no hubo avances significativos en materia de dracomóviles hasta la consolidación del Califato de Eráster y la posterior inmigración de los humanos a Brígar.

Los erastianos diversificaron aún más las tipologías de carruajes según sus propias idiosincrasias. Empezaron a usarse maderas combinadas para proporcionar flexibilidad y belleza. Asimismo, aumentó el número de ornamentos en las carrocerías, así como en los propios dragones, quienes pasaron a ser seleccionados por sus escamaciones particulares y su resistencia al calor extremo del desierto. Aunque valorables en el factor artístico, los vehículos erastianos no mejoraron los aspectos técnicos que ya habían desarrollado los linseanos en épocas anteriores.

En los últimos siglos, el reino de Brígar ha sido el mayor impulsor en la apuesta por una movilidad segura, eficiente y respetuosa con los trajinantes draconianos. El carruaje llanero de Trelin o el dracobús aureoliense son sólo dos ejemplos de un cambio de paradigma en la manera de percibir los vehículos de tracción draconiana.

La nación briguense, no sin esfuerzo, ha adaptado los dracomóviles a las necesidades modernas y se ha convertido en un ejemplo internacional de cómo procurar un respeto máximo a los dragones que ofrecen su fuerza para proveerlos de movimiento.