Historia de la economía dracuestre

La economía dracuestre en la Primera Edad

La economía dracuestre se remonta al periodo, posterior a la domesticación draconiana, en que se produjeron los primeros intercambios de dragones, adultos, crías, huevos o productos obtenidos de ellos.

Resulta muy difícil precisar los orígenes y aún más describir las condiciones, desde aberrantes a mínimamente aceptables, con que los dragones participaban o eran conscientes de cómo se erguían como pilares de unas nacientes sociedades humanas, ambiciosas de riquezas y de expansión por el continente.

La paulatina de selección artificial de los dragones ofreció unas ventajas significativas a estas comunidades. Dada la imponencia y las capacidades ígneas de estos animales, controlarlos y utilizarlos se convirtió prontamente en un símbolo definitorio de las dinastías humanas en forma de poder, prestigio e influencia política.

Hacia el siglo V de la Primera Edad, el progresivo sedentarismo de las poblaciones humanas derivó en el uso del oro como metal de cambio y propició los primeros textos acerca de la tenencia de dragones y las leyes que, en cada territorio, regían alrededor de su explotación.

Aunque en principio capturados y heredados de generación en generación entre familias nobles, las necesidades de transporte, especialmente para superar barreras naturales y esquivar el peligro de los dinosaurios predadores, alentaron una visión más pragmática del dragón, el cual pasaba de considerarse un animal exótico de increíble poder —para satisfacción del cacique de turno—, a convertirse en un medio para la prosperidad general de las élites.

Hacia el siglo IX de la Primera Edad, la ganadería draconiana trajo consigo un incipiente mercado de dragones esclavos entre las antiguas tribus de las estepas, las ciudades-estado del este y las primeras etapas de la civilización linseana.

La crianza continuó intensificándose durante la dinastía Tedana hasta mediados del siglo XIV de la Primera Edad, momento en que las epidemias asolaron las ciudades-estado de Línseor y causaron un gran descontento entre el pueblo. A pesar de que los dragones no pertenecían —ni ellos mismos se percibían— cual miembros de aquella sociedad humana, sufrieron junto con otros ganados de las mayores penurias imaginables.

A causa de su confinamiento, hambruna y posterior sacrificio, un cierto número de escamosos se alzaron de patas por sus congéneres y numerosas manadas de dragones cautivos se asilvestraron, de vuelta al norte y hacia los territorios de la actual Brígar.

Hacia el siglo XVIII de la Primera Edad acontecería el primer encuentro mutualista entre nuestras especies bajo la luz del profeta Al-Faris, figura clave en la fe virtuosista, a la par que se seguiría desarrollando y perfeccionando los métodos y conocimientos en la crianza y comercio de dragones.

Como sabemos, fue en este contexto cuando las poblaciones draconianas, en su mayoría asilvestradas, se unieron para formar el reino de Brígar gracias al papel de un dragón a que pasaría a la historia como el rey Auron.

La economía dracuestre en la Segunda Edad

Para el siglo I de la Segunda Edad, una vez instituido el reino de Brígar, el aumento de la población humana derivó en conflictos por los territorios más fértiles del continente o, a menudo, por aquéllos más abruptos y resguardados del ataque de los dinosaurios carnívoros de mayor envergadura.

En el siglo II de la Segunda Edad se completó la invasión de la mitad sur del supercontinente; unas tierras que, para entonces, pertenecían en gran parte al pueblo de los marasideos, divididos en pequeños cacicazgos donde, durante siglos, una menor exposición a la depredación y una vida más contemplativa había favorecido la visión mitológica de los dragones como bestias sagradas que le daban un significado completo a las fuerzas de la naturaleza. La expulsión de los marasideos por parte de los erastianos supuso un cambio radical para las ideologías imperantes sobre los dragones y el peligro que corrían éstos ante el avance humano.

Hacia el siglo III de la Segunda Edad, el reinado de los Skaneroth fue sentando las bases de una sociedad draconiana autónoma, unida y que explorara sus facultades propias como nunca antes se lo había propuesto. 

Finalmente, tras un hiato de unas doce centurias, los humanos de origen sumatrense consumaron la mayor proeza imaginable entre dos criaturas tan diferentes: el surgimiento y conservación de un reino para ambos.

A pesar de que la propia creación de este libro evidencia un entorno favorable para estas criaturas, y mucho más considerado en que épocas pasadas, en nuestros tiempos modernos acontecen situaciones complejas que nos recuerdan que la convivencia depende de un delgado hilo.