Entrevista a un dragón de carreras
Nírar Bedreth, alias «Tempestuoso», se coronó el pasado día 15 de focus como trigésimo quinto campeón del derbi de Trelin en el dracódromo homónimo de la ciudad.
A su intachable carrera en la competición de velocidad más prestigiosa de Brígar se suman otras veinticinco medallas de oro y diecinueve de plata durante sus dieciséis participaciones en los Juegos Dracuestres. Ningún dragón en la historia ha podido presumir de tantas victorias.
Tras este último triunfo, un periodista del Consorcio ha conseguido una entrevista en exclusiva para que Tempestuoso nos cuente cómo vivió el encuentro y nos acerque cómo un dragón de su talento gestiona la presión de las cámaras, de sus contrincantes, de las apuestas y de quienes lo rodean.
[E: Entrevistador; T: Tempestuoso]
E: Saludos, Nírar. Antes que nada, ¿nos permites que te llamemos por tu nombre comercial para nuestros lectores?
T: Sí, por supuesto. Mi imagen de marca ya es casi inseparable de mi persona. Siempre agradeceré la ocurrencia de mi representante al ponérmelo.
E: Gracias, Tempestuoso. Dinos, ¿cómo fue la llegada a la pista de despegue? ¿Qué sentiste al ver a tanta gente con carteles y que coreaban tu mote desde las gradas?
T: Cada vez que me toca competir intento mentalizarme para dar lo mejor de mí con independencia del resultado. Cuando veo a mis seguidores, me aproximo hasta la línea de seguridad para enviarles un bramido de agradecimiento. En esta última ocasión tuvieron su mérito al venir; pues ya lloviznaba durante el calentamiento. Se esperaba una lluvia torrencial.
E: ¿Estuvisteis preocupados tú o tu jinete por la previsión meteorológica?
T: ¡Qué va! Me llaman Tempestuoso por algo, ¿no? Sáleran me dijo que me vestiría con una envoltura antilluvia y me propuso echarle un poco de aceite a mis alas para que el agua resbalara más rápido. Me pareció buena idea.
E: Veo que te lo tomaste con buen humor.
T: Procuro hacerlo. No suelo inquietarme por el mal tiempo. Al contrario, lo juzgo como una ventaja crucial para los dragones de mayor envergadura alar porque nos da ventaja en la sustentación.
E: ¿Sigues algún rito para prepararte o incrementar tu concentración?
T: Rezo para que gane el mejor y ninguno de los participantes sufra un accidente. Cuando hay tormenta, el viento puede arrastrarnos contra el suelo.
E: En la parrilla de salida, los diez voladores parecíais muy concentrados dentro de vuestras jaulas. ¿Cómo consigues apaciguar esa necesidad de emprender el vuelo?
T: Cuando eres joven te faltan cuernos para embestir. Sin embargo, con los años, uno va pillándole el momento justo para patear el suelo y tomar carrerilla en cuanto abren las rejas. Algo que jamás se quita del todo son esas pelusillas en el estómago y las ganas de relajar el vientre.
E: Después del despegue, te elevaste por encima de la altura mínima. Sin embargo, no seguiste ascendiendo. Durante el primer minuto fuiste el dragón más «abatido», como se acostumbrar a decir en este ámbito. ¿Podemos preguntarte el motivo?
T: Teníamos viento de cola. Tanto a Sélaran como a mí nos pareció oportuno mantenernos en una zona de presiones medias que nos permitiera adaptar el rumbo sin perder segundos por un exceso de elevación. Otros dos contendientes imitaron nuestra táctica.
E: En la primera curva, muchos voladores quedasteis apiñados con vuestras alas inclinadas para arañar segundos al crono y os salpicabais mutuamente. Tú te encontrabas en quinta posición. Por momentos pareció que los ventarrones te harían chocar contra el graderío interior. La gente se impresionó a través de las mallas. ¿Tuviste miedo de acabar fuera de la pista?
T: No. De hecho, no fui consciente de mi proximidad porque llevaba mis anteojeras puestas. Conocía el ángulo con que debía abatirme para recorrerla en el menor tiempo y me entregaba a mi socio para recibir alguna corrección oportuna. Quizás, si me hubiera visto tan al límite, mis propios reflejos me habrían incitado a dar un bandazo. Menos mal que ni imaginé hallarme tan pegado.
E: Pese a que el giro resultó bastante limpio, no conseguiste ponerte en cabeza ni después de la segunda vuelta. Seguías en tercera posición. ¿Sentías que podía escapársete el triunfo?
T: Mientras compito me dejo guiar por mis instintos, aparte de por mi compañero, y trato de no comerme el tarro. Veía que el costal ocho me superaba por unos diez pies y que el costal tres lo hacía por otros veinte, más o menos. Disponían de una ventaja «manejable» y confiaba en mí mismo para contrarrestarla.
E: ¿Os conocéis por el número de costal más que por vuestros nombres o alias?
T: Todos nos conocemos en mayor o menor medida tras años de competiciones. No obstante, el número es lo que nos representa cuando estamos volando. Y eso lo recordamos mejor a la hora de visualizar lo vivido.
E: En esa misma recta pudimos observar que seguías de cerca a Vendaval, el costal ocho; mas no hacías el amago de sobrepasarlo. ¿Cuál era tu plan?
T: Una vez superada la mitad de la carrera hay que administrar bien nuestras energías. Conviene acercarse a los rivales para volar a rebufo y adelantarlos en la próxima curva.
E: Efectivamente, en la penúltima curva, más despejada que la vez anterior, lograste adelantar a Vendaval por el exterior. ¡Fue increíble!
T: Sí, ahí tiré un poco de «veteranía», como suele decirse. Me sentí seguro de que el rebufo me permitiría compensar el tiempo perdido durante la maniobra. Sáleran me abrió la mano porque sabía que merecía la pena intentarlo.
E: A menos de una vuelta, todavía se te resistía la primera posición. Aun así, sacaste el coraje necesario para alear más rápido y quedarte a un palmo de «morderle» la lanceta a Chispazo II.
T: Es cierto. Aunque cabe recordar que tocar el extremo caudal de un contendiente supone una falta y, ante todo, un riesgo de desestabilizarnos los dos. No deseaba ensuciar una final tan disputada con un acercamiento desmedido.
E: Al aproximarte a su flanco derecho, hubo un instante en que todos imaginábamos que vuestras membranas colisionarían.
T: Sí. Reconozco que fue un momento tenso por mi culpa. Yo mismo sopesé si Sáleran debería haber intervenido con premura. No intervino porque, según él, ese coraje mío es el que marca la diferencia. Dado que Chispazo II tampoco podía verme de costado, me aproveché de su «tranquilidad» para doblarle por la derecha.
E: ¿Temiste que, Chispazo II, la nueva promesa del campeonato te hubiese arrebatado la corona si no hubieras remontado en el último cuarto de milla?
T: Mentiría si dijese que no. Es un dragoncete que apunta maneras, como su padre Chispazo I.
E: A pesar de que él sea un áureo, ambos tenéis un montón en común. Por otro lado, los dragones de raza azabache sois especialmente inteligentes y contáis con una belleza excepcional que os brinda un alto valor en el mercado. No son pocos los medios que se hacen eco de las ofertas que recibes para fecundar dragonas. Y cuentas con miles de admiradoras de tu especie que se derretirían por poner un huevo de ti. ¿Te has planteado si, al igual que tu antiguo rival, aceptarás algún contrato de cubrición? ¿Continúas enfocado en la temporada o ya estás planificando lo que harás después de tu retiro?
T: Por ahora sigo centrado en la competición. Y espero estar un par de veces más en los Juegos Dracuestres. Si algo me obligase a retirarme, preferiría conocer bien a la hembra y que mis crías se criaran en plena naturaleza. Aun cuando agradezco la gentileza de muchas ganaderías al proponerme alojarme como semental sin costo alguno, yo nací como nómada y soy un firme defensor de que cualquier escamoso debería experimentar esa libertad alguna vez en su vida.
E: ¿Te entra miedo o suspicacia cuando viajas al extranjero? Línseor y otras naciones no se muestran muy respetuosas con vuestra especie.
T: Me fastidia el hecho de que no pueda ir suelto a ninguna parte, ni para hacer turismo. Allí nos obligan a permanecer dentro de una cuadra asignada y sólo puedo pasear por las instalaciones si me toman del ramal.
E: ¡Qué denigrante para una bestia tan noble!
T: Al menos, trato de sobrellevarlo con la compañía de Sáleran y del cuerpo técnico. Ganar en Línseor, la cuna de los deportes dracuestres, me supone un orgullo. Demuestra que nuestros antepasados fueron capaces de prosperar por sí mismos y que fuimos nosotros quienes aceptamos la cooperación con los humanos en Brígar. Indirectamente, envío un mensaje a mis congéneres esclavizados y a sus raptores.
E: Pareces buscarle un sentido político o espiritual a tus victorias. ¿No es así?
T: Albergo la fe de que existe algo más grande que nosotros ahí fuera y que si el destino me ha convertido en un dragón de carreras exitoso, debo aprovecharlo para inspirar que ambas especies podemos trabajar juntas y enriquecernos la una de la otra. Todavía recuerdo cuando Chispazo I gritó aquello de «¡Amigos, alzaos!» después de ganar la copa frente a decenas de monturas reducidas a la esclavitud. Hizo historia y los linseanos no se coscaron hasta que recurrieron a un cristal comunicador minutos más tarde.
E: Tras aquello establecieron la norma de que todos los voladores debían ir con un cierrabocas unido a la muserola. ¿Opinas que semejante arbitrariedad vino motivada por este precedente?
T: Totalmente. Ahí vemos cómo se pueden «politizar» los arreos y la delgada línea entre utilizarlos por nuestro bien o para someternos. El cierrabocas es un instrumento útil para quienes abren mucho la boca sin darse cuenta y pierden el contacto con la embocadura. Se emplean tanto en las carreras como en los concursos de doma general. Cosa distinta es que busquen silenciarnos por soltar verdades incómodas.
E: Yo no lo habría dicho mejor, Tempestuoso. En lo tocante a tus relaciones, se comenta que continúas manteniendo una gran amistad con Chispazo I. Tú fuiste uno de quienes más lo apoyaron tras su lesión.
T: Gracias a los ancestros, él dispone de una manada populosa que lo ampara. En nuestro rubro, una rotura del ala suele significar una jubilación prematura. He conocido a exatletas, como él, que han sufrido una grave depresión tras una desgracia de semejante calibre. No se lo deseo a nadie. Y espero que su hijo triunfe tan pronto como yo abandone mi lugar.
T: ¿Puede vuestro yóquey preveniros de una circunstancia así? ¿Os tiran de las riendas si observan que os inclináis demasiado respecto a las corrientes?
E: Depende. Los primeros en anticiparlo somos nosotros; pero nunca viene de más que nos avisen si nos pasamos de osados. El ansía de ganar puede volvernos demasiado atrevidos.
E: Muchas veces surgen debates acerca de si el atleta draconiano es realmente responsable del éxito del binomio. Algunos achacan todo el mérito al dragón porque es quien vuela y otros les dan mérito al yóquey porque es quien decide las maniobras. En tu caso particular, has pasado ya por siete jinetes a lo largo de tu carrera profesional. Eso debería bastar para despejar cualquier duda sobre tus capacidades.
T: Cada uno tiene su papel: el montador y la montura. Mi jinete confía en mi experiencia y yo sigo sus instrucciones cuando algo me hace dudar. Y también está ahí para estimularme si me flaquean las fuerzas. Agradezco su apoyo constante. Para mí, las carreras de dragones son el único deporte de pareja en que nuestra especie se lleva casi toda la gloria. Creo que la labor del yóquey no debe ser menospreciada, incluso si no pueden acompañarnos durante el resto de nuestras décadas en activo.
E: ¿Qué te suscita la frase popular, de origen linseano, que dice aquello de: «Si el dragón pensara, no existiría la draconación»?
T: Esa expresión la considero una sobresimplificación, tanto en nuestro caso como en el de otras bestias. Lo cambiaría por: «El dragón piensa y, por ende, existe la draconación»; pues dos mentes razonan mejor que una sola. Hay humanos que necesitan encontrar razones para situarse por encima. Si no esgrimen una razón cognitiva, escogerán otra. Los brutos que ejercemos en actividades dracuestres estamos curtidos de sobra, créame.
E: Hay otras clases de carreras, más propias de aficionados, en que los dragones participáis sin intervención humana. ¿Piensas que deberían incentivarse aquellas variantes sin jinetes? ¿Afectaría al rendimiento?
T: Los dragones hemos competido entre nosotros desde antiguo, tanto por diversión como para establecer nuestras jerarquías. Para los escamozuelos se convierte en una enseñanza esencial para que aprendan a huir de los pterodáctilos. Vuestra especie sólo introdujo el factor de la estrategia y del control del ritmo. No volamos igual ni tomamos las mismas elecciones, para bien o para mal. En general, creo que nos beneficia tener un juicio externo. Nos vuelve más competitivos que huidizos.
E: De vuelta a ese adelantamiento con Chispazo II. ¿Crees si él no hubiese llevado anteojeras habría resistido tu ímpetu? ¿Y si su jinete, con la debida delicadeza, lo hubiera espoleado o fustigado?
T: No se sabe. Chispazo II tuvo ahí un momento de relajación. En cambio, no podemos calibrar cuánto nos ayudan a concentrarnos en otras ocasiones en que algo podría despistarnos. Y, en lo referido a la estimulación, cualquiera de nosotros da lo máximo de sí. Esperamos que nuestros yóqueis estén ahí para apoyarnos; no para que nos exijan esfuerzos imposibles. Quien se sobrepasa termina escaldado, literalmente.
E: Antes habías señalado que estabas conforme con que tu jinete te animara, ¿dónde fijas el límite?
T: A mí, unas palmadas suaves o unos toques con la fusta me ayudan a dejarme las escamas en la proximidad a la línea de meta. Pero cada uno tiene su propio nivel de tolerancia. Sé de yóqueis que han terminado mal por hacer cosas sin consultarlas primero con su socio.
E: Apelando a esa sinceridad que tanto os honra a los escamosos, ¿consideras que las apuestas deportivas condicionan el equipamiento de un dragón de carreras y su empleo por parte de vuestros guiadores?
T: Más de cuanto debieran, sí. A menudo, se cambian los aparejos que venimos usando de una competición a otra para llamar la atención de los apostantes: que si gualdrapas de colores, que si carrilleras finas o gruesas, que si bocados de un tipo u otro, que si aceites reglamentarios para las escamas… ¡Cada día sacan algo nuevo! A modo de ejemplo, puede que las anteojeras, en sus distintos modelos, nos mejoren la competitividad de muchos congéneres que se ven alterados por el entorno. Si bien, a otros se las endilgan por el simple afán de probar una condición nueva. Me disgusta que los negocios interfieran en el deporte y perjudiquen a inocentes.
E: No en vano, hace tres meses protagonizaste una campaña nacional contra la ludopatía y el dopaje. Lucías magníficamente en tu anuncio en la televisión. Se comenta que tu implicación fue máxima.
T: Es un tema que me toca la fibra sensible. Con una frecuencia escalofriante me entero de bípedos que han perdido miles de dracos al apostar por mí en carreras que no gané. Y esto me hace sentirme mal. Aun si las apuestas son necesarias para mantener la industria y a las familias que trabajan detrás, suponen asimismo una fuente de conflictos y de corrupción.
E: ¿Alguna vez te han echado alguna sustancia rara en el pienso?
T: Cuando era más joven e inocente sí lo intentaron. Casi arruinan mi futuro; pues mis veterinarios me descubrieron con posterioridad una alergia mía a uno de los fármacos más comunes. Huelga señalar que los demandé.
E: El destino estuvo de tu parte, Tempestuoso. Para acabar: ¿qué se siente al ser un dragón que a sus ochenta años lo ha ganado todo?
T: Es una satisfacción difícil de explicar. No se resume en trofeos o en collares de flores. Ya no tengo ni espacio en mi choza para guardar tantos. Lo importante está en que, por dentro, me invade una autorrealización completa. Algo que sí tengo por seguro es que, cuando cuelgue mi costal, me gustaría dedicarme a la enseñanza como profesor de historia. Hasta la fecha, solamente mis familiares saben que finalicé mis estudios universitarios a distancia este semestre.
E: ¡Vaya! Es una vertiente de ti que no imaginábamos en absoluto. Desde aquí, los miembros del Consorcio Ganadero te deseamos la mayor de las suertes en tus propósitos y que sepas que las puertas de nuestras granjas estarían siempre abiertas para un ejemplar tan ejemplar como tú.
T: ¡Muchas gracias! ¡Hasta otra!
