Entrevista a una partidaria de la monta natural

Dolica Bels es una ganadera singular por su enfoque y verbigracia. Esta nagrense, con veinticinco años de experiencia, se puso en contacto con nosotros en la primavera pasada para compartir su experiencia acerca de cómo la monta natural ha salvado su negocio. Así pues, nos llena de honor concederle un espacio en nuestra sección de entrevistas del presente mes.

[E: Entrevistador; D: Dolica]

E: En nuestros días, la mayoría de los criadores recurren a la inseminación artificial de sus hembras para reducir los gastos asociados a la logística. En cambio, usted afirma que promover el apareamiento de los dragones, en el prado o en corrales de reproducción, le ha permitido evitar el cierre de su dragonada. ¿Cómo ha sido posible?

D: Verás. Hay hembras que quieren criar en un entorno seguro, pero desconfían de poner huevos con un macho que no han conocido o que, tal vez, se desentienda de su puesta. Aunque se tomen medidas anticipadas, esto causa uno de los principales retos que afrontamos los ganaderos: la pérdida de la confianza de nuestro ganado. A mí se me iban muchas dragonas en edad fértil porque no llegaba a satisfacer sus necesidades.

E: A menudo se habla de la «liberación draconiana» como un fenómeno alentado desde las organizaciones draconistas. ¿Cree que sucede por esta razón?

D: Puede que así lo sea. Pero si un dragón no se siente cómodo con nosotros, la culpa recae únicamente en nosotros. El bienestar draconiano es esencial en las prácticas ganaderas. Hace ya una década entendí que si quería obtener unos ingresos honrados al criar dragones, no podía ponerles puertas al campo ni pretender que aceptaran tratos abusivos. 

E: Me parece una actitud justa y loable.

D: Después de pasar un tiempo reflexionando, llegué a la conclusión de que debía proveerles algo diferenciador que los motivara a quedarse. Entonces me propuse «devolver» el calor humano al proceso de crianza desde la propia fecundación. A pesar de que resulta fácil de entender, este planteamiento me ha metido en más de un ardiente debate.

E: ¿Considera que otros ganaderos no están dispuestos a adaptar sus métodos a las preferencias de sus dragones?

D: Tal vez sí deseen darles lo mejor, mas se obcecan con evitar posibles daños a las hembras durante el apareamiento o se preocupan en exceso por no dejar que los dragones se comporten como dragones.

E: ¿Diría usted que ha sufrido malentendidos por su cambio de planteamiento?

D: En parte, sí. Cuando saco este tema con otros ganaderos, la mayoría esgrime excusas peregrinas. Oigo mucho esa de que «solamente los dragones salvajes saben cortejar». Y añaden eso de que aquellos dragoncetes vírgenes criados en ciudades no saben «dar» con la dragona sin la ayuda de un mamporrero.

E: En mis años de profesión nunca he conocido un semental, salvaje o doméstico, que haya sido tan torpe…

D: Y que lo diga. Sin embargo, no cabe negar que un dragón «urbanita» suele mostrarse más tímido. A veces, hay que tirar de ellos un poco para que se acerquen a olisquear a las hembras y las recelen.

E: ¿Y los suyos titubean o van directos?

D: Normalmente optan por lo segundo. La naturaleza siempre sigue su curso. En el momento en que pegan el hocico lo suficiente se les despiertan los instintos. He visto machos «acobardados» ante dragonas de gran alzada que luego han sabido leer muy bien las señales femeninas.

E: Las dragonas siempre saben lo que les conviene. Eso lo descubre pronto quienes tenemos el placer de trabajar con ellas a diario.

D: Sí. Y se les da mucho mejor seleccionar pareja que a las mujeres.

E: ¿Salen volando durante el cortejo?

D: Depende de cada uno. En los dragones cobrizos, la raza que crío, podemos encontrar mucha variedad; lo mismo que con el instinto migrador. Revolotean por los alrededores, pero no suelen alejarse mucho. Más de una vez se han posado en el tejado de los establos o en las ramas de una secuoya que tenemos.

E: ¿Trae a un semental por hembra o planifica cruzamientos múltiples?

D: Si dispongo varias en la misma temporada y les convence el macho que les presento, lo traigo y lo suelto en el redil. Ellas se animan rápido: corretean, levantan la cola, hacen su parada nupcial… Se vuelve locas. Te lo garantizo.

E: ¿Ustedes se retiran cuando la cosa fluye?

D: Nos quedamos a media distancia, por detrás de los cercados: lo suficiente para dejarles un poco de intimidad; pero lo bastante cerca para solucionar «problemas».

E: ¿Ah sí? ¿Como cuáles?

D: En ocasiones, el macho no sabe agarrarse y se resbala sobre el torso de la hembra. Le decimos: «Muerde suave, muerde suave». En cuanto se aferran al cuello y a las alas de la dragona, sacan el pene y no perdonan.

E: ¿Hay hembras que resistan?

D: A ciertas primerizas les entra agobio cuando el macho se les sube a la chepa. En especial, si las hieren con las garras delanteras durante el acto. Aunque les limamos las uñas antes del encuentro, de vez en cuando sucede. Algunas gruñen o forcejean. Ellos aprenden a base de equívocos en el «lecho». En eso son como nosotros.

E: ¿Ha tenido que usar maniotas alguna vez?

D: Tuve una dragona especialmente susceptible que, a pesar de estar receptiva, lanzaba patadas voladoras en cuanto un macho le hacía cosquillas con la lengua. Antes de cruzarla, yo lo hablaba con ella de antemano y me dejaba ponérselas. La clave está en el diálogo. Debemos ser sus guías; no sus hostigadores.

E: ¿Y cómo proceden luego?

D: Esperamos a que peguen el «latigazo» y los dejamos lameteándose un rato. Por lo general, si el macho dispone de un harén, pronto va con los cuernos en alto para cubrir a la siguiente que se pare delante de él. En cuanto las ha cubierto a todas, lo bañamos y lo llevamos a una cuadra para que descanse.

E: ¿No permiten ustedes que se apareen sin supervisión?

D: Ocurre que algunos sementales nos vienen con una cláusula de «atención permanente» para prevenir accidentes o con un número determinado de cubriciones. Todavía impera el viejo mito de que un semental es menos efectivo si libera su simiente de forma indiscriminada. Si no tienen dueño o no nos toca uno obstinado, lo devolvemos con las hembras para que ellos mismos se diviertan de nuevo en la mañana o en el crepúsculo. Por lo demás, funcionamos igual que cualquier otro criadero.

E: Sin dudas, llama la atención cómo un enfoque sutilmente distinto respecto a la procreación puede marcar tanto la diferencia.

D: Se lo aseguro. Yo pasé de agendar un par de inseminaciones artificiales al año a casi cincuenta cópulas únicas por ejemplar. Ellos están más contentos y nosotros

mejoramos los beneficios a través de las comisiones.
E: Me ha parecido un relato inspirador, señora Bels.

D: Gracias. Me emociono con sus palabras. Pienso que todos los ganaderos deberíamos anteponer los menesteres de nuestros animales. En lugar de culpar a las asociaciones draconistas, detengámonos a pensar si es justo que condicionemos a los dragones por aquello que nos convenga. Aprovecho para señalar que recientemente tuve el placer de leer las entrevistas que le hicieron a doña Malira Jansey y no podría estar más de acuerdo. Si nuestro gremio no acepta las reglas del juego, sólo nos queda cerrar como medio de protesta.

E: Sí. La ganadería brigueña es responsabilidad de todos. Le agradecemos su tiempo.

D: De nada. Si me disculpan, debo supervisar los huevos que están en las incubadoras. ¡Hasta otra!