Historia de la domesticación draconiana
Los domesticación draconiana durante la Primera Edad
La domesticación draconiana fue un proceso complejo, iniciado en épocas prehistóricas, varios milenios antes del siglo I de la Primera Edad.
Se estima que en un periodo de tiempo relativamente próximo, las tribus nómadas de las estepas y las crecientes poblaciones sedentarias en el oeste del supercontinente tuvieron una ocurrencia similar: capturar dragones salvajes para intentar reducirlos a la condición de ganado. Durante largas centurias, las capturas fueron puntuales y poco numerosas, sin que llegara a existir una domesticación propiamente dicha.
No se conoce bien si en un principio existió o no la intención humana de montar sobre el lomo de los dragones para sortear barreras físicas y evitar depredadores. Aun así, las evidencias indican que, tras el paulatino secuestro de crías y del sometimiento de aquellos adultos más dóciles, los pobladores de estas nacientes civilizaciones tuvieron la osadía de subirse a sus espaldas y de tratar de obligarlos a obedecer mediante la aplicación de riendas y embocaduras.
Debido a la proximidad de fechas y registros arqueológicos, todavía existe un ardiente debate —nunca mejor dicho— acerca de si la invención de la brida y del bocado fue pensada en su origen para el caballo o para el dragón. A pesar de la elevada cognición draconiana, estos inventos fueron una revolución casi imprescindible para el manejo seguro de estos animales.
Con independencia de cómo ocurriera, hacia el siglo I, los humanos fueron desarrollando métodos para el desbrave, la doma y el adiestramiento del dragón con el propósito de emplearlo cual herramienta de transporte y de combate en el cielo. No en vano, desde el año 122 al 178 de la Primera Edad se sucedieron numerosos, aunque breves, conflictos motivados por el atrevimiento de jefes y lugartenientes para asaltar o saquear poblaciones vecinas aprovechando la fuerza destructiva de los dragones.
Fue, precisamente, la utilidad del dragón como montura y arma escupe-fuego la que determinó un tipo de crianza más enfocada en su custodia y mantenimiento a largo plazo, inclusive entre generaciones. Su longevidad y lento crecimiento los «salvaron» de ser engordados y sacrificados sistemáticamente para carne. Dañar o matar a un dragón se pagaba con la muerte. De hecho, hasta el siglo III de la Primera Edad, en la región de la actual Línseor solamente se sacrificaban dragones en honor a los dioses.
Respecto a esta triste curiosidad histórica, cabe la mención de que seleccionaban dragones blancos de gran alzada y músculo. Esto causó una disminución drástica de este fenotipo, el cual, según estudios genéticos actuales, quedó inserto en las poblaciones cautivas entre los dragones de raza argéntea por medio de un alelo recesivo. Esta hipótesis quedó demostrada hace apenas ochenta años, cuando la prestigiosa Dragonada de Medialuna obtuvo el primer ejemplar de escamas blanquecinas visto durante el último milenio.
Desde el siglo V hasta el apogeo de la dinastía Tedana, la domesticación draconiana se mantuvo ligada al mantenimiento de varias razas con dependencia de su fin y de las preferencias estéticas de sus criadores. En la actualidad se considera que las razas draconianas, que han mantenido su mismo nombre, son el resultado de pequeños cambios en genes responsables de la coloración y de elementos esqueléticos sobre distintas poblaciones silvestres que ya contaban con unos rasgos previos lo suficientemente diferenciales.
Esta conclusión viene a significar que los humanos apenas si propiciaron o aceleraron unos cambios fenotípicos ya presentes en las poblaciones salvajes. Los escamosos de raza áurea, cobriza y zafirina se consolidaron como dragones de silla; al tiempo que los argénteos y plomizos pasaban a ser predilectos para las labores de tiro.
Para el final de la Primera Edad hubo intentos obstinados de aumentar y de reducir el tamaño medio de los ejemplares en las distintas razas para especializarlas según la finalidad perseguida. Sin embargo, la longevidad draconiana y el aparente arraigo de sus tasas de crecimiento, vinculadas con las encontradas en otros dinosaurios, no facilitaron la tarea.
En cambio, un hubo éxito notable en la obtención de la raza cerúlea, atribuida a las ciudades-estado libres del este del supercontienente. En esta raza, a diferencia de las demás, los ejemplares draconianos alcanzaban poco más de 3,5 pies de alzada y 10 pies de longitud, lo que los convertía en dragones con un tamaño excelente para niños y adultos sin necesidad de poyos. Además, su aspecto planudo y buena resistencia al peso los hacía ideales para transportar cargas ligeras en alforjas y conducirlos por poblados y dentro de casas pequeñas.
En el presente, esta raza sigue siendo mayoritaria en Oriente y el reino de Brígar acoge a una población de decenas de miles de dragones cerúleos para salvaguardar los intereses de la raza draconiana más manipulada de todas las existentes.
Los domesticación draconiana durante la Segunda Edad
De un modo similar a los vehículos de tracción draconiana, la Segunda Edad marcó una continuidad y mejora de las razas draconianas. La población de dragones que vivían en cautividad en las civilizaciones humanas ya superaban los diez millones.
Ante el incremento del número de cabezas y del aumento en la complejidad y diversidad de las sociedades que poblaban el supercontinente, los primeros siglos de la Segunda Edad se caracterizaron por el perfeccionamiento de la dracología y de las artes dracuestres sin obtener cambios significativos en la morfología de los dragones domesticados.
La decadencia de Línseor, unida a la inestabilidad política del supercontinente, provocaron —o facilitaron— la mezcla de poblaciones de dragones silvestres y domesticadas, así como el retorno numeroso de muchos escamosos a la libertad para formar su propio reino.
La existencia simultánea de grandes poblaciones libres y cautivos supuso un reto a los intereses humanos por mantener a los dragones en una condición de ganado; sumiso y en explotación perpetua. Desde el punto de vista de la domesticación, la liberación draconiana contribuyó a la reversión de algunos caracteres seleccionados y a la hibridación de distintas razas draconianas que, hasta entonces, llevaban miles o decenas de miles de años separadas.
Con el surgimiento de una sociedad biespecie en Brígar, la domesticación de los dragones alcanzó una última etapa, caracterizada por la implicación del propio dragón en los rasgos que debe poseer él y su descendencia para minimizar el riesgo de enfermedades e incrementar su resistencias naturales.
En los dos últimos siglos, los humanos de Brígar, tanto por una motivación altruista como utilitaria, han aprovechado los avances tecnológicos para redefinir la domesticación y selección artificial de dragones mediante la ciencia de la dracotecnia.
Hoy, paradójicamente, la domesticación draconiana se encuentra en su punto álgido en el propio reino que instauraron los dragones después de su lucha por la emancipación ante la tiranía de los seres humanos. Así sucedió, paulatinamente, como una forma de idolatría religiosa y por la extrema confianza que los dragones de Brígar desarrollaron hacia los humanos por motivo de sus cuidados y del olvido —o desconocimiento— de aquello que sufrieron sus antepasados.
Quedará por ver, en los siglos venideros, si la domesticación draconiana ejercida en Brígar se mantiene dentro de los límites éticos del consentimiento libre e informado. ¿Podrán los dragones demostrar su potencial, para sí y para el mundo, sin quedar totalmente subordinados a la voluntad de otros?
