Libertad de estabulación

Cuando la ganadería en Brígar se convirtió en un asunto de Estado, no fueron pocos quienes vieron cómo la complacencia de nuestros aliados —y su credulidad genuina en el afán proveedor de los humanos— abría una enorme oportunidad de negocio en la crianza de dragones.

A principios del siglo XIX, según aparece en el Registro Mercantil de Brígar, se establecían unas dos mil quinientas granjas al mes en el territorio nacional; un número espectacular que habría sido incluso mayor si no hubiese acontecido la espantosa Gran Epidemia que asoló a nuestros antepasados. Ni siquiera los años de bonanza que caracterizaron las décadas posteriores lograron rivalizar con aquellas cifras.

El principal motivo de este «júbilo ganadero» compartía una similitud significativa con los modelos tradicionales que se venían practicando en el extranjero desde los albores de la domesticación draconiana: el hecho de que los dragones se conformen con muchos menos recursos —en proporción a su tamaño y complejidad neurológica— que el humano promedio explica por qué ha sido tan rentable históricamente la explotación draconiana, inclusive en tiempos presentes.

Mucho ha llovido desde entonces. Aun cuando nuestras bestias sigan viviendo en establos humildes y pastando pacíficamente en sus rediles, entre asoleamientos y agasajos mutuos, el dragón contemporáneo sabe que existe un mundo inmenso más allá de los cercados.

Y nosotros, como ganaderos, no debemos percibir nuestra sociedad de consumo cual epidemia que se extiende entre nuestro ganado e inocula los mismos vicios que aborrecemos entre los nuestros. Por el contrario, hemos de aceptar el progreso como una oportunidad para brindarles lo mejor que tengamos y mejorar así nuestra competitividad en el mercado.

Lejos queda aquel ganado draquino, desconectado de la realidad geopolítica, que quedaba a merced de sus esclavistas en Eráster o Línseor. Hoy nuestras reses están más y mejor formadas que nunca para ser nuestros socios en un modelo social que nos incluye a dos especies por igual.

Si antaño existía una «patente de corso» para abusar de los dragones y de otros animales por nuestros apetitos primarios, en la actualidad el principio de «libertad de estabulación» se erige como la principal baza de nuestros escamosos para elegir sus condiciones de alojamiento, de trabajo y de reproducción.

Ya no basta con apelar al sentido familiar, a Yalán o a los ancestros para mantener decenas de dragones estabulados, sin sueldo y al servicio de la hacienda. El dragón del siglo XX no solamente es el activo económico de la explotación; sino también el verdadero cliente de los centros ganaderos y aquél que define realmente si una ganadería prosperará. En consecuencia, no cabe descuidar nuestras responsabilidades básicas ni centrarnos únicamente en captar la atención de posibles compradores o contratantes sin preocuparnos primero por las necesidades de nuestras reses.

Hay quienes, con jactancia, señalan que un dragón puede ser fácilmente sugestionable y que las promesas vanas consiguen atarlos más que un ronzal al pesebre. Estos individuos sin escrúpulos, aparte de hacer un flaco favor al sector ganadero, cometen el grave error de subestimar la autonomía e inteligencia de nuestros aliados. A pesar de que un dragón pueda parecer fácil de convencer para los cánones humanos, llegados a un momento de tranquilidad y lucidez, éste sabrá si su ganadero representa o no sus intereses.

Un amo desleal y falso, que se aprovecha de ellos para escatimar sus raciones de comida, sus descansos, sus salarios o sus comisiones, tarde o temprano termina pagándolo. Y no sólo lo hará frente a sus acreedores, sino ante su propio ganado. Y, además, con todo el peso de la ley.

En mis cuarenta años de profesión he visto cerrar más de medio centenar de latifundios, a menudo con un capital inicial envidiable, porque su inversión se centraba exclusivamente en rentabilizar el espacio y el rendimiento. Una ganadería brigueña no puede, ni debe, imitar los modelos productivos que se aplican al ganado convencional en otros países. Tenemos la obligación de hacer más y de ofrecer más.

En consonancia con lo expuesto, los propietarios de ganado draquino deberán implicarse de forma activa en las necesidades de sus dragones si aspiran a que éstos decidan quedarse, en lugar de mudarse a otro centro o de emanciparse por completo.
A colación de esto último cabe señalar que, si bien resulta natural y esperable que cualquiera de nuestras bestias prefiera experimentar la independencia y el libre albedrío, inclusive en una naturaleza salvaje y despiadada, la emancipación de un dragón se relaciona a veces con una baja calidad de las prestaciones. Y, desde luego, puede perjudicar la imagen de nuestros negocios.

Con independencia del caso, un dragón emancipado suele quedar excluido de Dracogamia por voluntad propia. Ello implica tanto una pérdida económica potencial como el desaprovecho de una fuerza laboral y de un acervo genético que, en la mayoría de las ocasiones, no podrá ser analizado ni debidamente valorado en su descendencia.

Al igual que ocurre con nuestros jóvenes formados en la universidad, un dragón criado por medios humanos supone una inversión social que precisa de un retorno para el beneficio global de nuestra civilización. Si cerramos los ojos ante la fuga de talento draconiano, en vez de darles incentivos para que continúen bajo nuestra tutela, perderemos el factor diferenciador que nos ha llevado a la cima como la primera potencia mundial de Zarcadia, en economía y en humanidad.