Entrevista a un defensor de la educación del ganado en casa

Vocinén Jémens es un reputado criador de dragones rubíes. Como portavoz del Consorcio en Puntallama, ha iniciado recientemente una petición formal para que el Ministerio de Educación provea una educación draconiana más adaptada a las necesidades ganaderas

Durante la XXVI Edición del Concurso de Planeo, celebrado sobre las amplias dunas de la región, recogimos sus reivindicaciones en persona para compartirlas con nuestros estimados miembros.

Deseamos que sus argumentos inspiren el debate y la reflexión dentro de nuestra comunidad. Recuerde, estimado lector, que puede enviar un correo electrónico a la dirección contacto@cgn.bri para hacernos llegar sus peticiones.

[E: Entrevistador; V: Vocinén]

E: En los últimos días ha habido un gran revuelo entre el Ministerio de Educación y los ganaderos locales. ¿Cuál considera que sea la razón?

V: Hemos estado años pidiéndole a la administración local de Puntallama que nos proveyese alternativas para facilitar la escolarización y el desbrave del ganado draquino. Aun cuando estamos conformes con el estado de las instalaciones, las condiciones de escolarización resultan complicadas. Y, de igual de modo, el programa educativo sigue sin estar completamente adaptado a las necesidades de los dragones y de nuestros negocios.

E: ¿Por qué lo consideran así? ¿Se debe al trayecto requerido para llegar hasta los centros educativos? ¿Las asignaturas no se adecúan a las salidas profesionales de sus bestias?

V: Mi granja está a 20 millas del colegio más próximo y tengo con conocidos que han de desplazarse casi 40 millas para llevar a sus dragoncetes al instituto. Las dragonadas estatales y los criaderos de gran volumen cuentan con medios para instruirlos en sus propias haciendas. En cambio, un ganadero modesto no puede permitirse la contratación profesores para su ganado. Eso nos pone en una situación difícil.

E: ¿Y cuáles exigencias han presentado?

V: Primero, hace ya meses, envié una instancia a la Administración por si cabía la posibilidad de que mis dragoncitos de seis a doce años recibieran su educación primaria en casa, por parte mía y de varios miembros de mi familia. No obstante, nos advirtieron que estaba prohibido si no contábamos con la titulación pedagógica correspondiente.

E: ¿Fue entonces cuando plantearon que se debería desplazar un educador hasta vuestra finca? ¿No es así?

V: Exacto. Podemos comprender que la normativa exista para asegurar la calidad de la enseñanza en los menores y prevenir posibles situaciones de negligencia o de abusos. Aun así, vimos que, con la ley en la mano, a raíz del suficiente número de cabezas que albergábamos entre mi dragonada y las de mis vecinos, teníamos derecho a solicitar el traslado de maestros hacia nuestros terrenos. Y eso hicimos.

E: ¿Y la Administración aceptó su solicitud?

V: Al principio, no. Nos contestaron con una resolución desfavorable, esgrimiendo que la distancia habida entre nuestras propiedades y el núcleo urbano no estaba justificada más que por las decisiones de los propietarios, o sea, nuestra, de haber establecido aquí nuestras ganaderías. Esa respuesta, tan cínica, nos enfureció.

E: Se comenta que ustedes estuvieron revisando documentos antiguos porque, al parecer, a su abuelo y al de otros paisanos no los dejaron situar sus fincas donde originalmente las tenían proyectadas. ¿No es así?

V: En efecto. Mi padre siempre me había comentado que, de pequeño, la Administración los había obligado a mudarse desde unas tierras situadas más al oeste. Miramos hasta debajo de las piedras por tal de hallar un documento probatorio. Y vaya si lo encontramos.

E: ¿Y qué figuraba?

V: Confirmó nuestras sospechas. Cuando entró en vigor la reforma de la ley de Bienestar Draconiano en 1875, se estableció como requisito obligatorio que cualquier latifundio dedicado a la crianza de dragones debía contar con una cobertura vegetal mínima del 40 % para asegurar el acceso a pastos naturales durante, al menos, seis meses al año. Dada la aridez de nuestra región, dicha norma forzó una mudanza hacia donde nos hallamos ahora, cerca del riachuelo que atraviesa Nabrey.

E: Supongo que ustedes, junto con sus vecinos, no tardarían en contestar.

V: Lo hicimos con toda la amabilidad del mundo, dicho fuere. Respondimos que nosotros estábamos totalmente comprometidos con dotar a nuestro ganado de unos parajes lo más verdes y frescos posibles. Pese a ello, y éste es el quid de la cuestión, no podíamos cumplir con ley y, al mismo tiempo, tolerar que se les negase a nuestro dragones una educación en casa. No les quedó otra que aceptar.

E: A pesar de que logró que la Administración se retractara, decidió que también era la hora de promover unos cambios sustanciales.

V: Sí. Ahora que tendríamos la visita de un par de educadores y pedagogos en nuestros ranchos, queríamos aprovechar para involucrarnos un poco con nuestros escamozuelos. No buscábamos entrometernos en el trabajo ajeno; sino observar y participar por el bien de los pequeños.

E: ¿Y observó cosas que no le gustaron?

V: Demasiadas, a decir verdad. Desde el principio notamos una clara falta de autoridad. Se les daba clase en el establo, con una pizarra digital, o por el propio redil para que dispusieran de más espacio. Pero, aunque se hallaban cómodos, esa «comodidad» de estar en casa los volvía más alborotadores: gruñían, lanzaban rugidos, se escupían fuego detrás de los profes… un desastre.

E: Obviamente, ustedes trataron de poner orden para que aprovecharan el tiempo de las lecciones.

V: Les advertimos que debían comportarse durante aquellas horas tal como si estuviesen en la escuela. Si bien, pronto nos topamos con que los propios pedagogos se convertían en parte del problema al fomentar la indisciplina.

E: ¿Ah sí? ¿Qué ocurría?

V: No sé, de veras, si todos serán así o si habrá alguna otra norma detrás. El caso está en que estos profesores no veían con buenos ojos que nosotros fuésemos estrictos. Justificaban casi con todo el argumento de que son niños cuadrúpedos, de que son animales y de que deben expresar su naturaleza. A uno que había coceado a otro lo castigué dejándolo atado dentro de su cuadra durante unos veinte minutos. Aquello les pareció una auténtica salvajada.

E: A menudo surgen debates sobre el enfoque que debiera tomar la puericultura draconiana, debido a nuestras diferencias biológicas y la imagen que trasladamos a la sociedad si los manejamos como si fuesen reses esclavas.

V: Yo siempre explico, con tacto, que no debemos humanizar a los dragones ni juzgarlos como si fueran humanos. Sin embargo, mucha gente no entiende que necesitan unos límites para convivir entre ellos y entre nosotros. Tienen una fuerza enorme y, si consentimos que adquieran malos hábitos, cuando sean adultos pueden causar una desgracia incluso aunque no tengan una mala intención.

E: Sí. Sabemos que de trata de un tema polémico, sobre todo, por cuanto se los ha explotado a lo largo de la historia.

V: Lo que hicieran nuestros antepasados no puede justificar que hoy nos crucemos de brazos. La mayoría de los urbanitas no es consciente de que el desbrave, como se lo conoce desde antiguo, es una práctica esencial para su integración en nuestra sociedad biespecie.

E: Y ustedes se dieron cuenta de que esto solamente comprendía uno de los puntos en discordia. Las asignaturas eran harina de otro costal. ¿Verdad?

V: Por desgracia, la cantinela de que debíamos ser tolerantes y flexibles chocaba también con nuestra petición de enfocar las lecciones en actividades más útiles. Por ejemplo, dedicaban cuatro horas a la semana a Educación Física para que corretearan y revoloteasen. Y yo les preguntaba que por qué no aprovechaban para enseñarles acerca de los instrumentos dracuestres: ponerles unas alforjas a lomos, probar a engancharlos a un arado, mostrarles las partes de la brida e ir acostumbrándolos paulatinamente al bocado.

E: Sí. Me parece razonable. Así van tomando fuerza y una confianza real con el manejo humano.

V: Eso mismo. No tenían por qué limitarse a la teoría, puesto que ahí contaban con todas las herramientas para llevarlo a la práctica. E incluso podían organizar unos ejercicios conjuntos en que mis hijos los montaran con cuidado. Todo ello a través de juegos que nosotros mismos hacemos cuando ya los vemos preparados. Ya se imaginará cómo les sentaría.

E: No cabe negar que nadie habría anticipado tantos conflictos a domicilio.

V: Y ninguno de nosotros los ha buscado. Solamente hemos defendido nuestros valores y nuestra dignidad. Y así, llegó la gota que colmó el vaso. Uno de los docentes parecía dispuesto a minar la armonía que debe primar entre un ganadero y su ganado. Pues no tuvo otra ocurrencia que darles una charla, durante una clase de Conocimiento del Medio, acerca de cómo el hombre domesticó a los dragones e inculcarles la idea de que viven sometidos en nuestras granjas como parte de una opresión histórica del ser humano.

E: Me quedo sin palabras.

V: Sí, tal cual. Fueron incluso nuestros escamosos adultos quienes nos avisaron de que les estaban comiendo el coco a sus hijos con el mantra de que éramos malvados esclavistas. No tuvimos más remedio que presentar una demanda por adoctrinamiento y mala praxis. Y en ésas estamos.

E: ¿Sigue esperando respuesta de la Administración?

V: Sí. Aunque nos conformamos con que la Administración supervise a los docentes, especialmente a quienes trabajan con menores, para prevenir que introduzcan sus sesgos ideológicos en las mentes más vulnerables. Todos los ganaderos de Brígar condenamos la explotación draconiana y nos oponemos a cualquier forma de maltrato que puedan sufrir nuestras bestias durante su crianza o labores futuras.

E: ¿Qué conclusión extrae tras lo sucedido?

V: Ya sea en la escuela o en casa, todos los dragoncetes deberían aprender materias que les sirvan y que les permitan extraer tanto su potencial físico como mental. Esperamos que los responsables entren en razón para que el aprendizaje de nuestros escamozuelos fomente su disciplina y su obediencia; no por un miedo o un rencor suscitados por los siglos pasados; sino por medio del afecto y de la lealtad hacia quienes los cuidamos y damos todo por ellos.